El cine es una ventana al mundo, el reflejo latente o manifiesto de una sociedad, cultura, país e ideología, y es percibida de acuerdo a la subjetividad del espectador. – M.E. Karla Nadia Morales M., Eso que dice que es el Cine.

Por Daniel Arellano/Todos Santos.

Hoy, luego de haberme perdido bastantes oportunidades de participar en conversaciones debido a mí ignorancia, finalmente tuve la dicha de acudir a una sala de cine de mi ciudad y ver la película de la que mis amistades no han dejado de hablar durante las últimas dos semanas. Me refiero nada más y nada menos a la última entrega marveliana, la cual parece haber tenido casi uniformemente una excelente recepción por parte del público ensenadense: Capitán América, El soldado del invierno. A continuación, expondré a manera de crítica/análisis los puntos que a mí interpretación son los más importantes y que pueden ser bien ubicados en medio de esta proyección fílmica. Espero no se los tomen muy a pecho, al fin y al cabo es sólo una lectura puramente individual.

La película en sí misma es una extrapolación del mensaje contemporáneo que E.U. pretende comunicarle al mundo entero –¿Qué mejor medio para hacerlo que el cine? –  tenemos vigilados a todos, ubicados a todos, tenemos controlados a todos. Conocemos su información personal a tal grado que de desearlo, podríamos eliminar a cualquier “amenaza nacional” con tan solo presionar un pequeño botón en una pantalla; incluso sabemos cómo detectar a las “posibles amenazas” por medio de un algoritmo que permite delimitar “el futuro” de las personas utilizando “su pasado” como base conductual (cualquier parecido con las redes sociales, es mera coincidencia); sí el gobierno americano puede realizar acciones de esa magnitud no lo sabemos, pero eso es lo que están comunicando. Por supuesto, este anticuado discurso de la invasión de la privacidad y la intimidad pertenece a la vieja escuela de “por protección y seguridad”; el veterano “fin justifica los medios” nunca caduca, y la Agencia de Seguridad Nacional está consciente de ello.

Entre dosis de Alzheimer, conmovedora –Y falsa– muerte de Nick Fury, la exposición de las dificultades que sufren los soldados que regresan de la guerra para reintegrarse a la sociedad, y otro par de ingredientes sentimentales clave, se cocina una exquisita película hollywoodense que cumple con creces su objetivo principal: justificar  a partir de una “ficción” cinematográfica (¿Qué es ficción hoy en día?) las recientes acciones de espionaje global realizadas por el gobierno estadounidense. Sin embargo, lo curioso de esta suculenta receta fílmica va más allá de las expectativas convencionales, porque no sólo expone las redes maquiavélicas que E.U. ha tejido alrededor del mundo, sino que las condena y las coloca como el verdadero enemigo nacional: El Capitán América debe luchar contra la vigilancia desmesurada y voraz que ha generado su propio gobierno. Para ello, por supuesto que el gobierno gringo no es genuinamente el culpable de cometer tales actos grotescos; el gobierno gringo –obviamente– nunca puede caer en la injusticia (si es la tierra de la libertad y la democracia, ¿Qué les sucede?).
No, la maldad global es representada por una organización que sorprendentemente revive (cual zombie) de la tumba para ostentar el título de villano en esta segunda entrega heroica: HYDRA, agrupación de corte nazi/fascista “desmantelada” en la primera película de nuestro Capitán. Esta aparentemente extinta organización malévola es la encargada de darle al film un giro de 360 grados a través de un discurso político de “sacrificio de la libertad por seguridad”, y entre diálogo y diálogo la culpa se desplaza del gobierno de Estados Unidos a este ente inexistente (¿o será que quieren culpar a los alemanes?). El espectador, confundido ante el giro de eventos no tiene otra opción más que aceptar que otro es el verdadero enemigo, dudo que haya una manera más astuta de encubrir las auténticas intenciones del largometraje: No es el gobierno estadounidense el que ha cometido delitos tan viles a nivel mundial, sino quién ha estado en la sombra detrás de él manipulándolo. Todos nos lavamos las manos, y nos vamos a casa limpios.

Claro está ya definido el enemigo se necesita de alguien que lo erradique, de un salvador que limpie la maldad que elabora planes de dominación mundial. Aquí es donde entra el heroico personaje: El Capitán América, representación perfecta de los (supuestos) ideales y valores estadounidenses, dentro de los que se incluyen: la honestidad,  la justicia, la honradez, la rectitud, y un código ético digno de respetar. Sin embargo, nuestro pequeño hombre blanco también es víctima de una re-simbolización norteamericana y entre peleas, puñetazos y golpes guarda una idea que impecablemente llega a la conciencia (o subconsciencia) de quien lo mira en acción: la violencia es una conducta que se puede justificar si se utiliza para alcanzar la libertad. Pero ojo, esto no es todo. Y es que nuestro personaje roji-azul no sólo comete actos violentos al enfrentarse a “los malos”, sino que realiza algo sumamente más curioso: El Capitán América mata, asesina, destruye y quita vidas a diestra y siniestra en su persecución voraz por lo que clama como “Justicia”. ¿A qué podría recordarnos esto? Qué rueden un par de cabezas bajo la excusa de “salvar” a otro par de cabezas más numeroso es una costumbre de una nación familiar, ¿no? El Capitán América termina convirtiéndose en la anti-tesis de su propio discurso: Matar a “unos pocos”para salvar a “unos tantos”. Ese es el “precio de la libertad” –discurso de contenido bastante interesante que precede al clímax del film, en el que nuestro héroe invita a los miembros de S.H.I.E.L.D. a “hacer lo correcto”. –

Por supuesto, todo este caldo suculento no estaríaen su punto si no se le agregarán los sentimentalismos necesarios para abrir la puerta del corazón de sus espectadores: Amistad, amor, lealtad, confianza, sacrificio, y demás “emociones reales” se refugian en el film para conectar con la empatía del espectador. La figura de padre (Nick Fury) y el amigo (Bucky) perdidos refuerzan la sincronía entre espectador-protagonista, y dotan al largometraje de los personajes perfectos para evocar las más profundas emociones del protagonista (y del espectador proyectado)

Claro, no hemos mencionado la admirable habilidad de Hollywood para producir películas de alta calidad estética y estímulos visuales exorbitantes. La producciónes impecable: efectos especiales modernos hiperreales, banda sonora exacta para cada pedazo de emoción, composición fotográfica al margen perfecto, una cámara inquieta que multiplica la sobredosis de acción en la pantalla. Y por el lado de esta sobredosis, a lo largo de las dos horas y pico del film se maneja ese tipo particular de coherencia y cohesión en las escenas de acción, donde nuestro protagonista esquiva –por supuesto–  todas las balas que le mandan, ¿o son las balas las que lo esquivan a él? Ya se me olvidó como era…Al final, sólo el antagónico mejor amigo sometido a programación cognitiva es quien luego de “viajar al futuro” por medio de criogenia futurista (al igual que su némesis heroico), logra acertar algunos tiros a nuestro héroe.

Entre otros elementos (personajes) que ante mí interpretación se hayan presentes en el largometraje con un fin determinado están:

-La sugestiva Scarlett Johansson, encargada de agregarle la pizca femenina necesaria a la película para que no sea un guion de puros hombres. Encarnando a la agente rusa Natasha Romanoff (o Viuda Negra), Johansson se convierte en la dosis perfecta de artes marciales, pasado oscuro, y deseo femenino (obviamente las tomas de su trasero son algo secundario al objetivo primario de sus escenas).

-Anthony Mackie (Sam Wilson, “El Halcón”), quién representa al soldado que está dispuesto a volver a las filas del ejército con tal de apoyar a su país. A este personaje me parece que lo moldearon bastante bien, pues ¿hay acaso algo mejor que un hombre aerodinámico armado? Oh, y por si le estaban hallando toques racistas a la película  es afroamericano ya saben, por eso de la hegemonía blanca en el protagonismo hollywoodense.

-La aparición de Cobie Smulders, quien interpretara a “Robin” en la famosa serie de “How I Met Your Mother”. Personaje perfecto para anclar la realidad del cine a la televisión.

Nuestra bella representación de la justicia norteamericana concluye con los personajes principales poniéndose el saco de “renegados” ante la sociedad rompieron las reglas, pero lo hicieron por “defender a su país”. La organización gubernamental encargada de la vigilancia mundial queda vetada de la tierra y tachada de realizar actividades inmorales, ¿significa esto que Estados Unidos reconoce su falta de honestidad al espiar al mundo entero? O ¿es sólo una manera cínica más de echarnos en cara la supervisión que puede llegar a tener esta nación  sobre nuestra persona? Ante este último punto hay que ser conscientes de que no se trata de que el gobierno nos vaya a espiar por difundir  acciones (legales o ilegales) por las redes sociales e Internet, sino que enfatizan que en caso de revelarte ante el sistema establecido (o la “Ley Gringa”), tendrás en un segundo mil ojos encima de ti; la revolución no será televisada, será supervisada.

Quisiera finalizar aclarando que  a pesar de lo duro que pueda parecer esta crítica/análisis (no estoy muy seguro aún de cómo definirlo), disfruté de ver la película en la sala de cine. Independientemente de la alegoría entre S.H.I.E.L.D y la Agencia de Seguridad Nacional, y las intenciones que (superficialmente) no se dejen entrever en la producción fílmica, Hollywood nos aporta un título más a lista de películas que le permiten a uno a escapar del mundo real por un par de horas y refugiarse en la magia de la pantalla fantástica “ahí donde los buenos siempre ganan­.”

Y a fin de cuentas, ¿A quién no le va a gustar una película con un cameo de Pulp Fiction?